El riesgo no está en los sistemas. Está en los hábitos.

Las organizaciones invierten en herramientas, pero siguen estando expuestas a riesgos. El mayor riesgo reside en los comportamientos cotidianos de las personas. Porque los hábitos prevalecen sobre los sistemas.

· 5 min

Una organización puede contar con las mejores herramientas de seguridad del mercado y seguir estando muy expuesta. No es un defecto de las herramientas: el mayor riesgo no radica en lo que se compra, sino en lo que hacen las personas cada día.

El atajo que he tomado mil veces

El riesgo rara vez proviene de un ataque espectacular. Proviene del atajo que se ha tomado mil veces sin consecuencias, de la contraseña reutilizada, del control que se ha saltado por prisas, de los datos que se han compartido con ligereza. Son hábitos, no sucesos. Y los hábitos no se cambian con una herramienta.

Ningún sistema protege contra un comportamiento que lo elude a diario por comodidad.

Porque las herramientas por sí solas no bastan

Cualquier medida de seguridad parte de la base de que las personas la utilicen según lo previsto. Pero las personas, cuando están bajo presión, toman atajos. Eluden los controles que les retrasan, ignoran las alertas que les molestan y desactivan las protecciones que les estorban. La medida existe, pero los hábitos la neutralizan.

Cambiar los hábitos

Reducir el riesgo significa actuar allí donde surge: en los comportamientos cotidianos. Esto no se consigue con un curso una vez al año, sino cultivando hábitos a lo largo del tiempo, en un contexto real, y evaluando si estos cambian. Las herramientas son necesarias, pero solo constituyen la mitad de la defensa. La otra mitad reside en los hábitos de las personas.

Por eso, el hecho de haber completado un curso no reduce el riesgo, mientras que un cambio de comportamiento, si se mantiene, sí lo hace.